Sobre la guerra y la paz (II)

Segunda parte del recorrido por los autores clásicos que constituyeron las bases del conocimiento en las Relaciones Internacionales: De la historia a la Filosofía de la Historia y De la Revolución Copernicana al Despertar de las Naciones.

De la Historia a la Filosofía de la Historia

Es de común acuerdo entre los historiadores señalar que el origen de la historia cuando el hombre registra y pensar sobre su pasado, es decir, con la escritura. También es conocido el inicio de la historia como disciplina se remonta a los antiguos griegos, adjudicando a Heródoto (484-425 a. C.) como su padre fundador. Pero si Heródoto comenzó escribiendo la historia (‘ιστορία) –saber- en que narra las Guerra Médicas en nueve libros por cada una de las musas; Tucídides (460-396 a. C.) en la Guerra del Peloponeso buscó las causas de la guerra entre dos potencias: Esparta y Atenas[1]. Lo cierto es que ambos autores comenzaron a reflexionar sobre los hechos del hombre a partir de la guerra.

No obstante, a diferencia de los cánticos homéricos, los historiadores helenos buscaron un sentido a los acontecimientos despojado de toda tradición mitológica o divina, debido a que “la historia consiste en un cuerpo de hechos verificados” (Carr 2006: 83). Sin embargo, como la historia es un diálogo continuo entre el historiador y el pasado a la luz del presente, los historiadores griegos no lograron apartarse de la visión cíclica la historia. Contrario a esta posición, la noción lineal y el “fin de la historia” son conceptos judeo-cristianos, que durante el Siglo de las Luces en dónde el concepto de “progreso indefinido” se asoció con la historia.

Para Immanuel Kant (1724-1804) la ilustración es la salida del hombre de la minoría de edad, entendida como la capacidad de servirse de su propio entendimiento (2010: 21), para alcanzar el progreso por medio de la razón. Kant apunta a una paz eterna[2] ya que la Guerra es contraria a la razón por estar basada en la fuerza mientras que la paz debe ser fundada en el derecho. La religión y los ejércitos son estamentos del pasado de la humanidad donde el dogma y la disciplina militar son contrarios al libre uso de la propia razón y sólo se basa en el obedecer sin pensar.

Para Kant, el estado actual de paz entre los hombres no es un estado de naturaleza, sino es un estado de guerra, en el cual si bien las hostilidades pueden haberse no declarado, existe una constante amenaza a recurrir a ella (2005: 81). La idea de paz eterna llegará a concretarse con el tiempo al establecerse una República y luego con una federación de repúblicas. Ello se debe a que la República, a diferencia del régimen despótico, tiende a la paz por ser los ciudadanos quienes deciden las cuestiones de la guerra y la paz, combaten y costean los costos de tales empresas (2005: 85). Finalmente, las republicas formarían una federación de Estados “civilizados” basadas en el derecho de gentes para verse libre la guerra o su amenaza para siempre (2005: 89). Así la violencia política se corresponde a etapas pasadas de la humanidad.

Para Georg F. Hegel (1770-1831), la razón también dirige al mundo y la historia universal es el progreso de la conciencia de la libertad que avanza en una incesante antítesis (2008: 30). Esa conciencia de libertad se despertó en los griegos y constituiría el fundamento y fin de la historia. Debido a que “la historia nos presenta la sucesión gradual de la evolución del principio, cuyo contenido es la conciencia de la libertad” (2008: 50). Aunque Hegel reconoce que la libertad está en la esencia humana, y por ello su consecución, en su pensamiento el Estado como sujeto que concretiza la historia exaltando el poder y la guerra como un fin en sí mismo.

A diferencia de Hegel que pensaba en la historia como dialéctica, el positivismo fundado por Auguste Comte (1798-1857) basó su “fe” en la ciencia como medio de  un progreso lineal, continuo e ineludible por el cual atraviesa la “civilización”. Dónde la historia de la humanidad progresa ineludiblemente del estadio  teológico, al metafísico y al positivismo. Bajo esta idea la concepción el militarismo constituía una institución del régimen anterior, por tanto, funcional a su estructura, pero que con el surgir de la ciencia y la industria sería finalmente abandonado.

Comte se convirtió en “profeta de la paz” porque creía que la guerra no cumplía ninguna función social en la era industrial (Aron 1981: 111). La guerra había cumplido un doble rol, el aprendizaje del trabajo y de los grandes estados, pero a partir de la industrialización el papel de los militares no tienen cabida en la organización científica del trabajo.

Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895) retomaron la idea hegeliana del fin de la historia con un enfoque dialéctico pero basada en relaciones de producción. De forma que, “La Historia de todas las sociedades anteriores a la nuestra es la historia de luchas de clases” (Marx 2007: 47). Marx y Engels observan una lucha antagónica entre clases, dónde la sociedad de su época se divide en “dos campos enemigos”: la burguesía y el proletariado (2007: 48).

Este enfrentamiento ineludible se debe a la condición de opresión y explotación que sufre el proletario a manos del quien posee el capital. Será el proletariado cohesionado el encargado de suprimir la propiedad privada lo que permitirá fundar una nueva relación social liberándose por medio de la violencia de todas las instituciones que lo esclaviza y liberar sus cadenas en beneficio de una sociedad de iguales. Y donde el fin de la historia será el fin de la desigualdad, es decir, el fin de las guerras: “con la desaparición de la contradicción de las clases en el seno interno de la nación, desaparece la posición hostil de las naciones entre sí” (2007: 70).

De la Revolución Copernicana al despertar de las Naciones

La Revolución copernicana significó el fin del teocentrismo que dominó el Medioevo hacia un antropocentrismo, volcando nuevamente la mirada hacia el hombre y su sociedad. En el   retorno al humanismo, el pensamiento político se apartado de la doctrina cristina que dominó Europa desde la decadencia del imperio Romano y con ello el Renacimiento se retorna a los clásicos. Fue Nicolás Maquiavelo (1469-1527) quien llama a imitar a los antiguos, debido a que “honraban y premiaban la virtud, no despreciaban la pobreza, y apreciaban los hábitos y la disciplina militar” (2007a: 14).

Des-teologizando la política Maquiavelo señala que gobernar es ejercer “eficientemente” la violencia. Esta eficiencia debe entenderse según la necesidad y la racionalidad de su uso, debido a las armas y las leyes son los principales fundamentos de los Estados (2007b: 57). De forma que la administración de la violencia es la principal tarea del gobernante a los fines de conquistar y mantener el poder. Debiendo  tener cuidado de una rebelión interna el Príncipe debe buscar el consenso, mientras que en el orden externo debe armar a sus súbditos y poseer un ejército propio para evitar una agresión externa (2007b: 85). “El príncipe no debe cesar de ocuparse en el ejercicio de las armas, dándose a ellas más en los tiempos de paz que en los de guerra, y pudiendo hacerlo de dos modos: el uno con las acciones y el otro, con pensamientos” (2007b: 67).

En la formación del Estado-Nación en España, Francia e Inglaterra, Maquiavelo defiende los ejércitos permanentes y profesionales, sosteniendo: “debe una ciudad bien organizada querer que la práctica de la guerra se use en tiempo de paz como ejercicio y en tiempos de guerra como necesidad y para la gloria, y dejar que la instancia pública la use como oficio” (2007a: 19). Es decir, consideraba a la guerra como un instrumento subordinado a la política.

En plena formación del Estado Nación Thomas Hobbes (1589-1679) defiende el absolutismo monárquico ya que esta autoridad suprema sobre los hombres garantizaría la paz. Ello se debe a que en su concepción el hombre tiene una inclinación completa, perpetua e incesante por el poder, aspiración que sólo termina con la muerte (2010: 79). En el estado pre-social o estado de naturaleza, todos los hombres son iguales pero ninguno tiene asegurado su vida ni el disfrute de la misma porque existe una guerra de todos contra todas.

Partiendo de un plano de igualdad de facultades, Hobbes sostiene que la desconfianza mutua conduce a asociarse y formar la sociedad para evitar que otro poder lo amenace. De forma que si “los hombres se hallan carentes de un poder que los atemorice a todos, se hallan en la condición o estado de guerra; una guerra tal que es la de todos contra todos” (2010: 29). En esta guerra de todos contra todos nada puede ser injusto, “las nociones del derecho e ilegalidad, justicia e injusticia están fuera de lugar. Dónde no hay poder común, la ley no existe: donde no hay ley, no hay justicia. En la guerra, la fuerza y el fraude son las dos virtudes cardinales (2010: 104)”.

Una vez constituida la sociedad, o la autoridad común entre los hombres, los reyes intenten asegurar su poder mediante las leyes -en el orden interno- y mediante la guerra -en el plano externo-. Siendo la pugna de riquezas, placeres, honores y otras formas de poder lo que inclina a la lucha, la enemistad y la guerra; mientras que la búsqueda de tranquilidad y placeres sensuales dispone a los hombres a obedecer a un poder común (2010: 80). Para Hobbes el temor a la opresión dispone a prevenirla o a buscar ayuda en la sociedad; a fin de asegurar su vida y libertad (2010: 81), asegurando así la “paz social”.

En esta condición de perfecta igualdad, cada hombre no puede hacer nada que le asegure su propia vida. En su búsqueda por preservar su vida y hacerla confortable, el hombre debe buscar la paz y renuncian a sus derechos de común acuerdo a fin de vivir en sociedad. Es lo que se conoce como el pacto o contrato social. Por tanto, la guerra constituye un hecho pre-social o pre-contractual; una vez constituido el Leviatán, la guerra queda exclusivamente en ámbito de una relación de Estado a Estado, dejándolo fuera del ámbito interno. Este hecho resulta paradójico debido a la guerra civil que vivía la Inglaterra de la que Hobbes fue contemporáneo.

Asimismo, en medio de la revolución de las ciencias físicas y naturales, Charles-Louis De Secondat Barón de Montesquieu (1689- 1755) escribe El espíritu de las Leyes buscando las causas, físicas y sociales, que se presentan al hombre sin que tengan conciencia de ello. En esta búsqueda, Montesquieu señala que “los hombres han tenido en todo tiempo las mismas pasiones, aunque difieran las ocasiones que provocan los grandes cambios, las causas son siempre las mismas” (1947:13). Esta ley es la razón humana que gobierna el mundo aunque reconoce leyes particulares que le son propias a cada pueblo según sus hábitos y costumbres.

Para Montesquieu -a diferencia de Hobbes- el hombre no es enemigo del hombre, la guerra y la desigualdad están relacionadas con la sociedad, son inseparable a la vida colectiva y la acción política debe moderar o atenuarlas. De forma que cuando el hombre comienza a vivir en sociedad la igualdad desaparece y comienza un estado de guerra. Así “el derecho de gentes se funda naturalmente en el principio de que las diferentes naciones deben procurarse mutuamente el mayor bien en la paz, y en la guerra el mínimo mal posible” (2007: 34). Similar a Maquiavelo, Montesquieu llama a la prudencia política para la utilización de la guerra. En su inquietud por las rivalidades de clase, busca establecer un equilibrio de las fuerzas sociales, por contradictorias que parezcan, como fuente de armonía y paz social (Aron 1981: 46); evitando cualquier poder despótico o poder ilimitado.

En la proxima entrega:
Del nacionalismo a la lucha de clases – El retorno al Caos

 


El autor es internacionalista y miembro directivo de GEIC.

[1] Enfrentaba regímenes opuestos: una democracia frente a una dictadura, una potencia marítima versus una terrestre, el comercio en contraste a la autarquía.

[2] La traducción correcta de la “paz perpetua” al español debería ser la “paz eterna” (Mires 2001: 21).