Cooperación y Competencia: Clusters en un contexto de competitividad global

El potencial de estas aglomeraciones productivas se evidencia en el salto hacia segmentos de mayor valor agregado, y en el aporte al desarrollo económico local y la inserción internacional.

La globalización y el capitalismo han beneficiado el crecimiento de aquellos países que cumplían con las obligaciones impuestas desde los organismos financieros internacionales. Las regiones que quedaron afuera por no cumplir con los requisitos o no pertenecían al centro, debieron encontrar el modo de insertarse en esa competitividad internacional, lo que condujo a nuevas formas de organización económica y empresarial para enfrentar esa situación. Quienes lo lograron se apoyaron en un fortalecimiento y sofisticación de la estructura productiva interna, con fundamental presencia de la industria como sector capaz de generar valor agregado, requiriendo una activa implicación de un Estado altamente cualificado. Otros, como es el caso Latinoamérica y nuestro país en especial, por querer “cumplir”, incurrieron en una desimplicación selectiva del Estado, lo que derivó en una primarización exportadora, una apertura indiscriminada que afectó a la mayoría de las PYMES, el fuerte ingreso de capitales extranjeros y el desmantelamiento del tejido industrial-productivo. Esto último hizo que tanto el sector público como el privado de numerosas localidades y territorios comiencen a buscar alternativas al debilitamiento de sus estructuras productivas. Justamente, porque “la experiencia internacional viene mostrando que no es el retiro o la des-implicación del Estado, sino una intervención redefinida y recualificada lo que asegura un ingreso efectivo en los procesos de globalización”[1].

El desafío de los países periféricos en cuanto a esto es una implicación más sofisticada que posibilite la consolidación y fortalecimiento de ambientes productivos que potencien actores con alta intervención internacional, teniendo en cuenta que esto va inevitablemente de la mano con la conservación de la densidad empresarial industrial de base local. El fortalecimiento de las redes de cooperación territorial, avalado por un Estado nacional comprometido en una estrategia de desarrollo territorial será esencial si se quiere pensar en una inserción internacional en alza, que sea potencialmente beneficioso para los territorios y regiones involucradas.

Como es característico en América Latina, y en varios países periféricos, los diversos enfoques teóricos propuestos por el centro y sus instituciones, suelen adoptarse acríticamente, en lugar de adaptarlos al territorio. Los vinculados al tema que nos convoca, no son la excepción. Justamente, la conformación de los clúster y la teoría que los avala, se han transformado en un esquema típico ideal –promovido por el mainstream anglosajón y los OFI- pero que ha demostrado ciertas fallas al aplicar la teoría al territorio local. Este enfoque entiende las regiones y localidades como “nodos territorialmente delimitados”, que operan como estructuras cerradas, soldadas, homogéneas y dinamizadas por la cooperación intra-local, y en la cual las aglomeraciones productivas sectorialmente especializadas obtienen una “eficiencia colectiva” territorial que los actores económicos no podrían obtener a partir de su acción individual (…) esto se traduce en el fortalecimiento de la capacidad competitiva de las regiones”[2]. A partir de esta definición podemos interpretar que los clúster son aglomeraciones de actores económicos que se agrupan para obtener ventajas tanto estáticas (especialización y aglomeración productiva) como dinámicas (de innovación y aprendizaje colectivo), fomentando así el desarrollo local de las comunidades vinculadas.

El potencial de estas aglomeraciones sería notable ya que ese conjunto de relaciones entre empresas y agentes económicos dan vida a un espacio social y económico específico, permitiendo generar economías de escala en conjunto que disminuyen los costos de producción, aspecto que sería difícil si actuaran aisladamente. El aumento de la productividad de estas empresas vinculadas –horizontal y verticalmente- potencia la eficiencia colectiva, la cooperación, innovación y coordinación, lo que puede redundar en un aumento de las oportunidades laborales, la generación de nuevas empresas vinculadas al rubro, fomentando así la inclusión social de nuevos sectores de la sociedad.

Estas redes de cooperación y ambientes productivos ofrecen la posibilidad a las PyMEs de crecer e insertarse en la cadena productiva, que si tuvieran que enfrentar de manera individual un mercado abierto y dominado por empresas transnacionales sería muy complicado. A través del clúster pueden ingresar a las cadenas de valor global, contribuyendo así a la productividad nacional, aumentando las exportaciones y el ingreso de divisas. Otro aspecto a destacar de la formación de estas aglomeraciones es que al encontrarse las industrias dependientes de una misma cadena productiva, cercanas unas a otras, se aumenta la circulación del flujo de información entre ellas, y a su vez, se posibilita el intercambio de trabajadores especializados, generándose un proceso de aprendizaje colectivo y una transferencia tecnológica que otorga un apreciable valor agregado. La mayor cualificación de los tejidos productivos es una señal de desarrollo y crecimiento. Estas aglomeraciones productivas entonces, permiten el ensamble del desarrollo regional y endógeno, y su inserción en la competitividad global.

Para realmente admirar el potencial que puede tener el clúster para el desarrollo, debemos abrir ese enfoque teórico, salir de la idea de clúster imaginario o tipo ideal, ya que la copia acrítica de políticas económicas/productivas de otros territorios puede ser peligrosa: similares acciones de política social o económica pueden llevar a resultados distintos dadas las estructuras sociales y políticas existentes en cada país, sus instituciones y su cultura. Un análisis más profundo sobre el potencial de los clúster y las regiones debe reconocer la compleja multiescalaridad interpenetrada que se encuentra detrás de los cambios de patrones de producción, asumiendo que los clúster no son, como plantea la definición, complejos productivos territoriales autorreproductivos y armónicos, sino que se encuentran insertos en redes, con estructuras productivas que priorizan en esa inserción, ciertos actores sobre otros.

Estas aglomeraciones no tienen autonomía por sus cualidades internas para moverse independientemente de las dinámicas de otros niveles o escalas: se ven interpenetrados por elementos regionales, nacionales y globales que posibilitan o impiden la consecución de sus fines y desafían la idea inicial de “nodos territorialmente delimitados”. A ello se suma que no necesariamente son una estructura homogénea, suele haber actores económicos con tamaños dispares, y como en toda relación social, hay intereses particulares, por lo que para que realmente el clúster cumpla su función, es necesario que entre sus agentes se genere un fuerte trust, confianza y reciprocidad, que contribuya realmente a las externalidades positivas que plantean y se dejen intereses particularistas de lado.

Tal como planteaba al comienzo, los países que lograron insertarse en la competitividad internacional, por fuera del centro, se apoyaron en un fortalecimiento de su estructura productiva e industrial, con una activa implicación de un Estado cualificado. El desafío tanto de Argentina como del resto de Latinoamérica es comenzar a pensar en una estrategia de desarrollo integral, evitando la primarización de su economía, actuando sobre los ámbitos que generen valor agregado, como la industria: hacer mover aquellos sectores que motorizan el país, apoyándose en un federalismo que no quede sólo en los discursos. Retomar las economías regionales que fueron desmanteladas en los ´90 sería una estrategia interesante que active nuevamente la economía, permitiendo desarrollar todos los espacios del país, con un Estado comprometido y fiscalizador, que sea capaz de detectar falencias y necesidades de los territorios, fortaleciendo un desarrollo integral de cada una de las regiones, sin priorizar unas sobre otras. Un Estado nacional estratégico que “salvaguarde” sus unidades subnacionales de los efectos globales, sin aislarse al extremo en una actitud proteccionista.  Si los esfuerzos locales no son acompañados por otro a nivel nacional, la sustentabilidad del primero se verá en riesgo: el desarrollo y crecimiento de estas aglomeraciones será fructífero si hay articulación vertical y sinergia entre Nación, provincias y municipios.

 


La autora es internacionalista.

[1] Fernández, Víctor R.; Telado, Julio C.; Villalba, Marta (2005), “Revisión condensada, tendencias internacionales y líneas centrales para una nueva estrategia de desarrollo con base productivo-industrial-territorial en la argentina” en Industria, Estado y Territorio en la Argentina de los 90s: evaluando la des – implicación estatal selectiva y repensando los caminos del desarrollo, Centro de Publicaciones, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe. P.121

[2] Fernández Víctor R; Vigil, José I. (2007) “Cluster y Desarrollo Territorial. Revisión teórica y desafíos metodológicos para América Latina” en Revista Economía, Sociedad y Territorio n.24. Colegio Mexiquense/Consejo Nacional de Cinética y Tecnología. Mayo-agosto. ISSN: 1405-8421