La gran degeneración de Niall Ferguson

El historiador británico Niall Ferguson nos invita a (re) pensar la situación mundial desde una posición que sale de lo común.

Mientras la mayoría de las academias discute acerca de las posibilidades que tienen los países no occidentales y aquellos llamados subdesarrollados de mejorar su situación económica, política y social, el autor trae a la mesa una exposición acerca de lo que sucede hoy en las civilizaciones occidentales, principalmente en Estados Unidos y Gran Bretaña. El libro interpela al lector desde el comienzo con la pregunta: ¿Qué es exactamente lo que ha ido mal en el mundo occidental de nuestros días? (Ferguson; 2013: 33).

El estallido de la crisis financiera de 2007 afectó a la mayoría de las economías occidentales haciendo visible desde entonces el enorme tamaño de deuda pública que enfrentan los países (en muchos de ellos la deuda representa más del cien por ciento del PBI) y la creciente desigualdad. No obstante, el eje de la cuestión desborda lo económico financiero. Exponiendo otras problemáticas actuales, Ferguson demuestra que el problema gira en torno a las leyes e instituciones y aquello que parece una “gran recesión [,] es meramente una gran degeneración, más profunda” (Ferguson; 2013: 23).

Degeneración hace referencia a menor crecimiento y mayor desigualdad; situación propia de un Estado denominado por Adam Smith como estacionario. El autor expone cuatro elementos propios de la estructura política del mundo occidental actual que consolidan el estado estacionario, a la vez que propone soluciones adecuadas para paliar esta situación.

En primer lugar, Ferguson explica por qué la sociedad occidental avanzó a pasos agigantados desde 1500 hasta aproximadamente 30 años. La respuesta la encuentra, siguiendo a otros autores, en la evolución institucional. Inglaterra a la cabeza, fue el primer país en adoptar instituciones políticas inclusivas, aquellas propias de un Estado fuerte, gobernado por el imperio de la ley y la igualdad formal. El desarrollo institucional (y no el cultural, económico o nacional) explica la divergencia entre las distintas sociedades. Sin embargo, el déficit democrático lo encontramos hoy en una ruptura intergeneracional. Las grandes deudas públicas que enfrentan los países occidentales deberán ser afrontadas por las generaciones futuras de una manera perjudicial para la economía mundial. El remedio correcto según Ferguson consiste en impulsar partidas presupuestarias transparentes donde se observen con claridad los balances, déficits y las cuentas generacionales.

En segundo lugar, el autor dedica un capítulo a explicar las causas de la crisis financiera de 2007. Contrario a aquellos que culpan a la desregulación y proponen mayor regulación financiera y bancaria, Ferguson detalla cómo las regulaciones impulsadas por el gobierno de Estados Unidos contribuyeron a desatar la crisis. En su opinión, “una regulación excesivamente compleja es la propia enfermedad de la que pretende ser la cura” (Ferguson; 2012: 79) y lo que lleva al desastre son las malas leyes. Así, consciente de que la desregulación financiera no es posible, apunta por una regulación simple que funcione mejor. Propone seguir a Bagehot (1873) en sus principios básicos: reforzar el papel del banco central como autoridad monetaria suprema dotada de capacidad de discernimiento para situaciones claves y brindar a los bancos un margen de decisión en cuanto a la proporción de reservas y tipos de interés.

En tercer lugar, Ferguson expone el denominado imperio de la ley, aquel estado donde efectivamente existe igualdad formal, se garantizan las libertades civiles y políticas básicas, prima la independencia judicial y la responsabilidad de los funcionarios. El autor remarca que el sistema de derecho consuetudinario fue, por sus características, aquel que sacó ventajas sobre los demás sistemas y afirmó el desarrollo económico. Esto se debe a que es el único sistema que asegura el cumplimiento de los contratos e impone límites, resguarda los derechos de propiedad y sus decisiones judiciales son flexibles basadas en reglas generales. Sin embargo, hoy en día, este sistema está siendo amenazado por un papel más activo del estado, la intrusión del derecho europeo, la obsesión por tener un derecho escrito y los altos costes que supone la ley. Pero el peligro más grande es el avance de legistas que persiguen sus propios intereses. Las reformas necesarias para restablecer el imperio de la ley, según Ferguson, deben proceder de los ciudadanos, como se expone en el siguiente párrafo.

En cuarto y último lugar, el autor detalla la importancia que tienen y deberían tener en las sociedades las asociaciones civiles y voluntarias. Mediante la adhesión de ciudadanos a este tipo de organizaciones, que nada tienen que ver con el poder público, obligación legal y afán de lucro, la generación institucional que el autor propone puede ser posible. No obstante, la afiliación de ciudadanos a asociaciones civiles ha ido decayendo en los últimos años (tanto en Estados Unidos como en Inglaterra) y esto se debe, no como entienden algunos al avance tecnológico, sino al Estado y su intromisión en la sociedad. Como paliativo, Ferguson impulsa su adhesión desde el crecimiento de escuelas autónomas e independientes del gobierno que garanticen una educación de calidad, en contraposición a las escuelas públicas gratuitas.

Mediante estas exposiciones, el autor propone demostrar cómo la matriz de instituciones que forman la estructura occidental está descompuesta actualmente. Para restaurarlas se debe retomar el gobierno, el mercado, la ley y la sociedad civil como antaño, donde el éxito, según el autor, estaba asegurado.

Para aquel lector interesado en la economía mundial, este libro ofrece una comprensión de la visión que están teniendo los pensadores influyentes del momento. Ferguson mira desde su posición europea e inglesa ciertos cambios que acaecen en los países de su continente y norteamericanos a partir de la crisis financiera de 2007, con una mirada liberal e institucionalista. Busca esclarecer las causas de la gran degeneración y proponer las posibles soluciones.

A pesar de ello, para aquel lector preocupado por la situación de aquellos países mal llamados “en vías de desarrollo”, este libro quizás no sea adecuado. Estos países, como por ejemplo aquellos situados en Latinoamérica, poseen características diferenciadas a las expuestas por Ferguson, a pesar de encontrarse en Occidente. La situación institucional que atraviesan es completamente distinta, pero no por ello debe ser desvalorada. Por ende, para comprender los problemas propios de estas estructuras políticas y asimismo los remedios adecuados, no se deben importar nociones externas y sesgadas, sino atender a visiones que impulsen un real desarrollo para la región.

@geic_