Los acuerdos con China, ante la estrategia de la internacionalización

China establece condiciones en un esquema centro-periferia que limita las posibilidades de industrialización. Cuando este equilibrio se rompe, las tensiones son evidentes.

Tras dejar pasar suficiente tiempo para que la agenda político-mediática diluya los improperios (vía Twitter) de la presidenta Cristina Fernández en China, podemos analizar de manera debida la vinculación de nuestro país con el gigante asiático.

Desde finales del siglo pasado, la relación bilateral –impulsada por el comercio y la necesidad de abastecimiento de materias primas por parte de Beijing– fue tomando forma en una lógica asimétrica, caracterizada por el intercambio de productos primarios por bienes industriales.

No es un dato menor que sólo cuatro productos concentran el 85 por ciento de las ventas y que el déficit comercial se haya incrementado en los últimos años.

Asimismo, desde 2010 se registra un importante aumento de la inversión, principalmente como resultado de fusiones y adquisiciones de empresas.

La reciente visita de la Presidenta para firmar 22 acuerdos en el marco de una asociación estratégica integral es el resultado de un proceso de vinculación política desarrollada por ambos gobiernos desde mediados de la década pasada.

Este escenario se explica principalmente por la voluntad de la política exterior china de establecer una red de alianzas articuladas en múltiples acuerdos, para garantizar mercados de exportación y el suministro de insumos básicos.

Si bien el vínculo ha traccionado el crecimiento económico en toda la región, su presencia no deja de ser inquietante.

El estatus de China como potencia económica mundial es insoslayable. Es la primera o segunda economía del planeta y por ello las oportunidades no son menores. Aparte del comercio de materias primas, representa un mercado de más de 400 millones de personas de nueva clase media que demandan productos y servicios diferenciados y una billetera caliente que ha desparramado inversiones a lo largo y ancho del planeta.

Alertas

Pese al éxito de su economía, existen algunos factores que encienden señales de alerta. En el plano interno, las violaciones a los derechos humanos, la corrupción y la despreocupación medioambiental, sumados a la baja calificación laboral, podrían tener consecuencias negativas para el mediano y largo plazo.

No obstante, para nuestro caso, lo que alarma es el patrón neocolonialista que impone en sus relaciones estratégicas. China establece reglas y condiciones en un esquema centro-periferia que limita las posibilidades de industrialización. Cuando este equilibrio se rompe, las tensiones son evidentes.

Un buen ejemplo sucedió en 2010, cuando China prohibió las importaciones de aceite de soja a raíz de las medidas antidumping impuestas por el Gobierno argentino.

Asimismo, esta situación verifica su forma más pura en África, donde China opera como una verdadera aspiradora de recursos naturales. El caso paradigmático es Angola, que para la extracción de petróleo utiliza contratistas y mano de obra chinos, limitando los efectos positivos de la inversión extranjera directa en materia de empleo y desarrollo.

En esta ecuación, despejar la incógnita –es decir, maximizar los beneficios de la relación bilateral– implica tomar decisiones estratégicas: aprovechar las oportunidades y minimizar las amenazas.

En este sentido, las claves del éxito –garantizar acceso a productos de mayor valor agregado y atraer inversión en condiciones virtuosas– parecen estar asociadas a la negociación internacional, que privilegie el pragmatismo y la participación de los sectores involucrados.

Positivo y negativo

Los acuerdos firmados el pasado 3 y 4 de febrero –que aún deben completar el trámite legislativo para ser ratificados– abarcan un amplio rango de disciplinas que van desde la cooperación económica e infraestructura hasta el establecimiento de una base espacial en Neuquén. Al mismo tiempo, han sido calificados, por un lado, como “históricos y trascendentales” y, por el otro, como “predatorios y perjudiciales”.

Entre las críticas destacadas, se encuentran las de los industriales, que manifestaron sus dudas respecto de los efectos en los puestos de trabajo ante un incremento en las importaciones.

También las de los referentes del arco político opositor, ante la adjudicación directa para proyectos de infraestructura y el emplazamiento de inversiones que utilizarían mano de obra asiática.

En cuanto a los puntos positivos, puede señalarse la voluntad de penetrar el mercado chino con productos de mayor valor agregado, lo que permitiría avanzar en el desarrollo de la cadena agroindustrial.

Otra posibilidad está vinculada con el potencial de los hidrocarburos, puesto que instituir un marco jurídico adecuado para el desarrollo de inversiones es fundamental para la explotación del yacimiento de Vaca Muerta.

Si bien las consecuencias reales sólo le pertenecen al futuro y por ahora es imprudente emitir juicios, hay consideraciones referidas a la negociación que es importante destacar.

En primer lugar, los acuerdos parecen estar más impulsados por la urgencia de atraer capitales que por una voluntad estratégica. Luego del default (selectivo) y de las tensiones crecientes con Estados Unidos, la opción china se ve como una alternativa ante la imposibilidad de acceder a los mercados convencionales de crédito.

En segundo lugar, es llamativa la discrecionalidad con que se desarrollaron las negociaciones con una potencia de primer orden mundial y a tan sólo nueve meses del cambio de gobierno.

El peso específico de la vinculación con China exige una estrategia consensuada con los sectores económicos involucrados y con los actores políticos que podrían tener un papel protagónico en el próximo ciclo.

Por último, es alarmante que no se haya consultado con los socios del Mercosur. Más allá de la crisis que atraviesa el bloque y de las tensiones comerciales con Brasil, se pierde una oportunidad importante de desarrollar una estrategia conjunta para equilibrar las cargas en la negociación y fortalecer el espacio económico regional.

Ahora bien, para dejar de lado los efectos de la coyuntura y que estas notas puedan ser tenidas en cuenta en un futuro no muy lejano, el caso de China nos abre las puertas a una conclusión ulterior no excluyente.

El proceso de internacionalización es constante. Se trata de tomar decisiones en un contexto globalizado, donde los límites entre el frente externo e interno se diluyen, y donde la política y la economía son parte de un mismo fenómeno.

En este proceso, las cuestiones de fe están eximidas y sólo una lectura estratégica y adecuada del sistema internacional puede garantizar un desempeño exitoso.

 

El autor es Presidente de la Fundación Centro de Estudios Internacionales Contemporáneos

Esta nota fue publicada en el Diario La Voz del Interior el día 17/02/2015