Cadenas de valor en la Argentina: notas para una política comercial inteligente

La relevancia de las cadenas de valor

Afianzar la participación argentina en las cadenas globales de valor y reconstruir las cadenas nacionales son dos metas clave que no pueden desligarse de la nueva política comercial; sobre todo, cuando los precios de las materias primas han caído; Brasil, el principal socio comercial de la Argentina en el MERCOSUR, se encuentra en crisis, y la demanda china ha disminuido para toda la Región.

El desafío es cómo construir ventajas comparativas dinámicas y reposicionar al país en un contexto en el que, por un lado, disminuya la heterogeneidad estructural de la economía nacional, es decir, la coexistencia de sectores y empresas altamente productivos con otros de baja productividad; y, por el otro, consolidar la cohesión social

Según datos de UNCTAD (2013), cerca de un 80 % de las exportaciones mundiales de bienes y servicios —medidas en valor bruto— corresponde al comercio en cadenas de valor asociado a la participación de empresas multinacionales y resultado de la fragmentación geográfica de la producción iniciada en los ochenta. En el período 1995-2008, se observó una disminución del valor agregado doméstico en, aproximadamente, el 85 % de los productos exportados mundiales, lo que respalda la importancia de las cadenas globales de valor (CEPAL, 2015). Dicho de otro modo, cada vez se necesita importar más bienes intermedios para poder exportar otros bienes intermedios o finales. Del mismo modo, progresivamente, tienen más peso los factores productivos del capital y el trabajo de alta calificación en la generación de dicho valor agregado por sobre el trabajo no calificado.

Para considerar la relevancia de las cadenas de valor, vale la pena repasar algunas características como 1) su estrecha relación con la inversión extranjera directa (en adelante, IED), sobre todo, para aquellas de carácter global; 2) el intenso intercambio de bienes intermedios; 3) el aumento del contenido importado de las exportaciones, casi un 30 % del valor bruto de las exportaciones mundiales de bienes y servicios se correspondió con el contenido importado en 2010; 4) el papel fundamental que cumplen los servicios, muchos de los cuales se incorporan como insumos a los bienes finales comercializados; y 5) la mayor agregación del valor radicada en las actividades intensivas en conocimiento como diseño e investigación.

A su vez, de estas características, se deriva una serie de preguntas fundamentales para la Argentina: ¿Cómo convertirse nuevamente en un país que atraiga IED sin costos de equidad y cohesión social? ¿Cómo realizar las modificaciones legislativas necesarias que permitan el fortalecimiento de las cadenas de valor existentes si se comprende que el contenido importado es un factor clave de competitividad de las exportaciones? ¿Cómo desarrollar un sólido entramado de servicios profesionales y de soporte que permita el escalamiento en las cadenas de valor? ¿Cómo fortalecer las capacidades de investigación y desarrollo así como su distribución en el territorio nacional para evitar el surgimiento de nuevas asimetrías a fin de mejorar la generación, la apropiación y la distribución del contenido local en el valor agregado total de un producto exportado?

La Argentina de cara a una nueva etapa

Un factor de competitividad fundamental de la política comercial actual tiene relación con la capacidad de las empresas locales para complementar su producción con insumos de alta calidad provenientes de otros países. De hecho, el auge de las cadenas globales de valor ha fortalecido algunos argumentos económicos contra la protección de las importaciones. La capacidad para exportar con éxito hacia los mercados internacionales de mayor demanda depende crecientemente de la capacidad para importar insumos que disminuyan los costos de producción.

La participación en cadenas de valor permite el acceso a nuevas tecnologías, habilidades empresariales y redes de innovación que tienden a incrementar la productividad y deberían mejorar la calidad del empleo y de los salarios. Esto es fundamental para la Argentina, dada la pérdida de competitividad de sus salarios por la inflación y la situación macroeconómica. Además, las cadenas contribuyen a la internacionalización del empresariado nacional, especialmente de las pequeñas y medianas empresas (en adelante, PyME), ya sea por medio de exportaciones directas o indirectas.

En este contexto, la adquisición de conocimientos especializados suele ser un punto de atracción fundamental para los encadenamientos locales junto con el paquete de servicios ofrecido para atraer IED. Entre 1995 y 2008, la importancia del trabajo calificado en el valor agregado mundial aumentó para el 92 % de las actividades productivas, mientras que la participación del trabajo no calificado decayó en la mayoría de ellas.

La relevancia que ha tenido China como socio comercial para la Argentina, especialmente marcada a partir de la importación de materias primas, se vio afectada por el reposicionamiento de la potencia asiática hacia el consumo interno. Este escenario plantea un fuerte desafío en materia de IED y exportaciones, que podría ser difícil de suplir en el contexto sudamericano.

Al respecto, cabe preguntarse si es posible lograr una diversificación productiva y exportadora con base en el mercado regional y cómo lograr que el comercio intrarregional de Sudamérica —a 25 años del Mercosur y a más de 35 de la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI)— se incremente aún más, ya que, en comparación con el comercio intrarregional europeo y asiático, los datos para América del Sur siguen siendo relativamente bajos. A modo de ejemplo el comercio intra-MERCOSUR constituye el 15% según datos de 2012, el de la Unión Europea 62%, en el Tratado de América del Norte el 49% y en Asia cerca del 50%.

En este sentido, vale la pena revisar la creación de reglas de origen regionales, dado que un objetivo compartido por los gobiernos es promover la creación y el desarrollo de encadenamientos productivos plurinacionales que permitan avanzar gradualmente hacia una plena acumulación de origen regional (CEPAL, 2014). Este proceso podría ir de la mano con la implementación de nuevas medidas de facilitación del comercio que beneficien tanto a las grandes empresas como a las PyME exportadoras y estimulen de manera decidida la internacionalización de aquellas que aún no lo han hecho. En América Latina, sigue siendo relativamente bajo el porcentaje de PyME exportadoras en comparación con otras regiones del mundo, por lo que es urgente generar nuevas condiciones de competitividad para su internacionalización.

Es oportuno recordar que las PyME latinoamericanas presentan, en promedio, salarios más elevados y productividades más reducidas que las de las economías asiáticas. Por consiguiente, en términos de competitividad, el desafío principal de la Argentina radica en cómo aumentar la productividad sin afectar los salarios en tanto se frena la tendencia inflacionaria que ha presentado la economía en los últimos años.

La definición de una política comercial

La complejidad de la agenda comercial a la que se enfrenta actualmente el país hace necesario una aproximación sistémica sobre la base del fortalecimiento de los factores productivos existentes, el diálogo público-privado y los avances en materia de investigación y desarrollo.

La política comercial de la Argentina necesita una cuidadosa planificación y organización que identifique sectores estratégicos y articulaciones centradas en la manufactura de media y alta tecnología, la manufactura intensiva en diseño e innovación y los servicios intensivos en conocimiento, los que deberían estar distribuidos a lo largo de todo el tejido nacional a partir de la creación de capacidades subnacionales y alianzas público-privadas.

Sin lugar a dudas, la agroindustria seguirá siendo un sector importante, así como los sectores de autopartes y metalmecánico, y la explotación minera, siempre discutida en el país. En materia de servicios intensivos y de creatividad, la industria cultural de la Argentina y el diseño de software y de aplicaciones móviles, con importante desarrollo a escala subnacional en el interior del país, continuarán en el centro de atención.

No deben desconocerse los factores de competitividad ligados a los recursos naturales, empero las tendencias demuestran que el mayor valor agregado proviene del capital y el trabajo con base en la especialización de alta calificación. La participación del trabajo de baja calificación en el valor agregado, sobre todo en materias primas, decrece en los países de ingresos medios y altos.

El diseño de una nueva política productivo-comercial requiere acuerdos políticos entre el Gobierno federal y las provincias que permitan atraer IED y estimular la inversión privada nacional en sectores estratégicos que, en el largo plazo, diversifiquen la matriz productiva. Probablemente, estas inversiones no se realicen sin una relativa estabilidad macroeconómica, una disciplina fiscal y la creación de un conjunto de talentos arraigados territorialmente que permitan incrementar la inversión productiva.

Asimismo, un escenario de estabilidad interna puede constituir la base para el diseño y la articulación de cadenas de valor transfronterizas y regionales que favorezcan el aumento del comercio intrarregional, la operación de normas de origen regionales y el crecimiento de las exportaciones globales, lo que reavivaría el interés del ciudadano por la integración regional. Un paso fundamental en este sentido es el fin de las restricciones a los intercambios recíprocos en el MERCOSUR.

Como ha sucedido en otros temas del Bloque, no llamaría la atención una creciente bilateralización de las relaciones a nivel intrarregional, donde los países deciden avanzar en una transformación productiva a partir de la generación de nuevas cadenas de valor. Más allá del hecho de que Brasil representa el destino para el 37,8 % de las exportaciones argentinas, su situación coyuntural podría provocar una mayor integración comercial de la Argentina con Paraguay, Uruguay y Chile. En este contexto, deberá evaluarse el avance de las negociaciones MERCOSUR-Unión Europea, así como el tipo de diálogo y vínculo con los países de la Alianza del Pacífico, es decir, la ya famosa convergencia en la diversidad.

Casi de manera ontológica, deberá reflexionarse sobre cómo se posicionarán la Argentina y el MERCOSUR frente a la conformación de mega-bloques, como el Acuerdo de Asociación Transpacífico (por sus siglas en inglés, TPP,) y el Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión (por sus siglas en inglés, TTIP), que merecen un análisis profundo, ya que, probablemente, constituyan una nueva tendencia que podría cambiar la lógica del comercio mundial. Situación que emergerá claramente después de las próximas elecciones en los Estados Unidos.

En cuanto a los vínculos internacionales, todo aparenta indicar que la Argentina desarrollará una política de inserción que no tenga condicionamientos ideológicos. Sin poner en peligro este objetivo, es oportuno no repetir dos errores del pasado: 1) no perder los escenarios regionales por la proyección global; no se trata de escenarios mutuamente excluyentes, ya que la proyección global es desde la propia región; y 2) tener en cuenta los mecanismos a través de los cuales un actor internacional corrige la imagen de imprevisibilidad. Las señales de alto contenido simbólico suelen agotarse rápidamente en el tiempo, y la administración actual y las venideras deben ser conscientes de ello.

Crear condiciones para fortalecer las cadenas de valor

A la luz de lo anterior, no puede detenerse la inversión en infraestructura y en conectividad física y digital de la Región. En la pasada década, América del Sur avanzó en materia de infraestructura gracias a la Iniciativa para la Infraestructura Regional Sudamericana (IIRSA) –enlazada en la actualidad con la estructura del Consejo Suramericano de Infraestructura y Planeamiento de la Unión de Naciones Suramericanas (COSIPLAN).

No obstante, la insuficiencia de los montos que América Latina y el Caribe destinan a su infraestructura económica queda en evidencia al proyectar las necesidades de los próximos años. De acuerdo con las estimaciones de la CEPAL, la Región debería invertir anualmente en torno al 5,2 % de su Producto Interno Bruto (en adelante, PIB) entre 2006 y 2020 para satisfacer los requerimientos derivados de su crecimiento económico proyectado. Si el objetivo es cerrar la brecha hacia 2020 en el acervo de infraestructura per cápita existente en 2005 entre la región y un grupo de economías de alto crecimiento del Asia Oriental, la inversión anual requerida se eleva a un 7,9 % del PIB en el mismo período, esto es, cuatro veces el gasto medio registrado en el período 2007-2008.

Además, para mantener una política comercial exitosa, la Argentina debe capturar una parte importante del valor agregado creado en las cadenas productivas que permita reflejarlo en su contribución al PIB. La captura del valor es un elemento fundamental que debe tenerse en cuenta al momento de analizar los beneficios de las inversiones privadas realizadas, sobre todo, si se consideran las repatriaciones de capitales de algunas empresas multinacionales.

Desafortunadamente, la difusión de las tecnologías, la creación y el arraigo de capacidades, así como el escalamiento social no son automáticos en las economías nacionales. Sin embargo, son fundamentales en el crecimiento económico y la cohesión socio-territorial de un país. Para capturar los beneficios del valor agregado, la Argentina necesita seguir invirtiendo en innovación, investigación y desarrollo tanto desde el sector público como privado. El actual gobierno se encuentra ante el desafío presupuestario de sostener y potenciar las inversiones públicas dentro del sistema nacional de innovación. Consolidar la transformación productiva y tecnológica en la Argentina contemporánea es la base de la nueva política comercial y de atracción de inversiones.

 

El autor es Doctor en Estudios Internacionales.

Una versión anterior de este artículo fue publicada en la Revista PUENTES. Análisis y noticias sobre comercio internacional y desarrollo sustentable, 17, (2). Ginebra: Centro Internacional para el Comercio y el Desarrollo Sostenible, 2016.

Referencias bibliográficas

CEPAL (2015). Espacios de diálogo y cooperación productiva: el rol de las pymes. Santiago de Chile: Naciones Unidas, CEPAL y Fundación EU-LAC.

— (2014). Integración regional: hacia una estrategia de cadenas de valor inclusivas. Santiago de Chile: Naciones Unidas, CEPAL.

UNCTAD (2013). Global Value Chains and Development. Investment and Value Added Trade in the Global Economy [en línea]. Disponible en <http://unctad.org/en/publicationslibrary/diae2013d1_en.pdf> [Consulta: 17 de Agosto de 2016].