Siria: la catástrofe y la pugna

La situación en siria alcanzó el punto más alto en relación con el grado de catástrofe humanitaria y material desde que se inició la guerra en 2011.

La singularidad de la guerra siria, en la que intervienen una “galaxia” de grupos y en el que el propósito de parte de la insurgencia no siempre es la caída del régimen de Damasco, puesto que la “victoria” puede implicar plantar predominancia en un espacio del territorio (como ha sucedido con el ISIS), vuelve extremadamente complejo contar con certezas al momento de determinar el número de muertos.

Mientras el Grupo Internacional de Apoyo a Siria estima en 400.000 las víctimas mortales, el Observatorio Sirio de Derechos Humanos registraba 300.000 muertes en cinco años de guerra. En cualquier caso, se trata de una cantidad de bajas impresionante, sobre todo si consideramos que, siguiendo lo que se inició con la guerra de 1914-1918, la mayoría de ellas corresponden a civiles o no combatientes; es decir, la población civil, la que, como sucede con los habitantes atrapados en el gueto de Alepo, solo cuenta con la providencia para evitar morir.

Aunque el derrumbe humanitario en Siria conmociona, no resulta extraño que la población sufra un enorme déficit de protección. Hace más de diez años, a poco de ser impulsado el “principio” o “responsabilidad de proteger” a raíz de las tragedias humanitarias en Rwanda y la ex Yugoslavia en los años noventa, la devaluación de las organizaciones intergubernamentales en relación con su objetivo de amparar a los pueblos se afirmó como una de las principales tendencias en las relaciones internacionales: Siria, como también antes y hoy Somalia, Sudán del Sur, Libia, etc., nos corrobora que aquello dejó de ser una tendencia para convertirse en una de las más pavorosas realidades del mundo actual.

La población siria sucumbe ante los estragos de la deflagración propia del choque civil interno, pero también por la pugna interestatal entre potencias regionales que dirimen su poder en el territorio de combate y, sobre todo, entre los poderes extrarregionales.

Esta realidad bien podría considerarse una “regularidad” en la política internacional, es decir, la de actores externos que dirimen poder e influencia a través de una guerra que tiene lugar en el teatro de un tercero; ello precisamente es lo que han venido haciendo Arabia Saudita e Irán, las dos potencias regionales.

Pero la pugna entre los poderes mayores que tiene lugar en Siria, es decir, entre Occidente y Rusia, es una cuestión más compleja que va más allá de las razones que habitualmente arguyen especialistas al momento de elucidar la intervención (“por invitación”) de la segunda, esto es, la necesidad rusa de mantener la plaza geopolítica portuaria, sostener el tráfico de armamento, conservar el estatus de Siria como “estado cliente” de Rusia, ensayar nuevos equipos militares, etc.

Esta pugna trasciende la guerra en Siria, aunque vuelca sobre este espacio sus principales secuelas, principalmente en la trampa en la que se ha convertido Alepo, donde la responsabilidad recae mayormente sobre la acción del poder aéreo ruso.

Dicha pugna implica en buena medida reconstrucción y reparación estratégica y proyección geopolítica por parte de Moscú. Es decir, reconstrucción de poder por parte de un actor que tras el final de la URSS acabó por casi una década (los noventa) en un estado de insignificancia estratégica internacional sin precedente, situación que fue aprovechada por Occidente para obtener ganancias de poder que lo afirmaran ante una eventual Rusia revisionista, por caso, ampliando la OTAN y, por tanto, repitiendo una vez más una estrategia de contención y estrangulamiento a Rusia.

Bajo Putin, Rusia puso en marcha un curso de reconstrucción estratégica que se inició dentro de su espacio de influencia, Georgia, y finalmente se proyectó más allá, Siria. Casi como en los años cincuenta lo hizo la URSS cuando saltó el “cordon sanitaire” con que Occidente la rodeó, Rusia hoy salta la línea de asedio y vuelve a proyectar poder hacia un espacio al que parecía haber abandonado, Medio Oriente (de hecho, la “última” URSS no solo se replegó de allí, sino que apoyó diplomáticamente a Occidente cuando este decidió marchar militarmente para expulsar de Kuwait a quien fuera uno de los principales “Estados clientes” de Moscú, Irak).

Frente a Occidente, esto implicó un acto estratégico de reparación que no se agota en Siria, sino que busca reconstruir un espacio mayor de presencia e influencia: el Mediterráneo oriental. Un seguimiento de los esfuerzos de modernización militar de Rusia en sus dominios del Mar Negro nos proporciona evidencia de ello.

En estos términos, podemos decir que existe un descenso de la “geopolítica de uno” que desplegó Occidente desde su victoria en la guerra fría, siendo Siria el espacio en el que acaso Rusia ha logrado en parte reequilibrar estratégicamente las ganancias de poder por parte de Occidente, es decir, la OTAN, en su “marcha al este” de Europa o, para decirlo mejor gráficamente, al oeste de Rusia. Por tanto, ¿estará dispuesto Occidente a defender el equilibrio y la consulta o realizará nuevos movimientos que impliquen sostener la primacía de sus intereses?

En este cuadro de pugna entre poderes mayores, al que se suma la acción de las múltiples fuerzas regulares e irregulares, las organizaciones intergubernamentales ven fuertemente acotado su margen de acción en Siria, fracasando prácticamente todo intento por salvaguardar los derechos del pueblo sirio. Más que de los acuerdos entre los poderes mayores, dichas organizaciones dependen de los pequeños espacios que dejan los reducidos y precarios pactos de cese de fuego que trabajosamente se alcanzan.

En breve, la guerra en Siria obedece a cuestiones de orden interno, sin duda, pero, en buena medida, las pugnas derivadas de cuestiones que sobrellevan poderes mayores suman complejidad e incertidumbre en relación con el curso de la guerra total en Siria y con la paz y seguridad internacional.

 

Alberto Hutschenreuter; Doctor en Relaciones Internacionales. Profesor de Geopolítica en la Escuela Superior de Guerra Aérea. Autor de “La política exterior rusa después de la Guerra Fría. Humillación y reparación” y “La gran perturbación. Política entre Estados en el siglo XXI”. Próximamente publicara (en coautoría con el Doctor Calos Fernández Pardo) “El roble y la estepa; Alemania y Rusia desde el siglo XX hasta hoy”.