El resurgimiento de los populismos en Europa, ¿una reacción a la globalización?

Si bien Angela Merkel, Canciller de la República Federal de Alemania por la Democracia Cristiana (CDU) desde 2005, logró ganar las elecciones parlamentarias por cuarta vez consecutiva con el 33% de los votos, esto representa una disminución del 8% respecto de su última elección, a lo que hay que agregar que la Social Democracia sacó el peor resultado desde finales de la Segunda Guerra Mundial con el 20% de los sufragios obtenidos, lo que sumado a los porcentajes alcanzados por el partido de extrema derecha Alternative für Deutschland (12,6%) y al de izquierda Die Linke (8%) nos encontramos ante una novedad y prácticamente un sismo en la hasta hace poco predecible política alemana, cuya agenda electoral giró en torno a la política de refugiados del oficialismo, a la inmigración de países africanos pero sobre todo de países árabes, a la cuestión del islam, la unidad europea, y a una economía que si bien sigue siendo la locomotora de Europa presenta algunos desafíos, sobre todo en lo que tiene que ver con la integración este-oeste.

Cuando un filósofo le pidió a Benito Mussolini a principios de la década del treinta que le diese en una frase, el sentido del fascismo, el italiano escribió en alemán: “Nosotros estamos contra la vida cómoda.” Si bien las circunstancias son completamente diferentes y no se puede caer en reduccionismos históricos, se podría decir que hoy los partidos políticos extremistas de derecha que empiezan a cosechar éxitos electorales en Europa están contra la integración, contra la construcción de sociedades cosmopolitas, y con el temor profundo de perder sus identidades, lo que sumado a un contexto general de crisis económica, de desigualdad, de pérdida y precarización de los empleos más la desconfianza en los partidos políticos tradicionales que parecen desconectados de sus pueblos, inmóviles e incapaces de resolver los problemas que acarrea la globalización, nos encontramos ante un caldo de cultivo para el resurgimiento de los populismos.

Es muy difícil predecir qué sucederá con AfD, un partido que comenzó euroescéptico para virar hacia un discurso abiertamente islamófobo, xenófobo y anti-globalización. Basándose en otras experiencias europeas similares de los últimos años muchos afirman que se desmantelará desde adentro, algo que ha pasado en otras ocasiones con partidos de este tipo una vez que logran consolidar una base electoral importante y tienen que necesariamente comenzar a construir poder. De hecho, a menos de un día de las elecciones parlamentarias, Fauke Petry, una de las dirigentes más importantes del partido declaró que no asumirá su lugar en el Bundestag dentro del mismo, sino que lo hará como diputada independiente, llevándose con ella a varios dirigentes importantes como Kirsten Muster y Uwe Wurlitzer, quienes creen que el discurso del partido ha girado excesivamente hacía la xenofobia, el populismo y la derecha radical.

Sin embargo, lo ya logrado por AfD en tan solo cuatro años no es nada desdeñable: haber sacado el 12,6% en las elecciones parlamentarias, logrando de esta manera ingresar al Bundestag con 94 diputados y convertirse en la tercera fuerza electoral en Alemania, con la Social Democracia cosechando el peor resultado electoral de su historia y la Democracia Cristiana perdiendo el 8% respecto de su última elección, siendo la peor de las cuatro victorias de Angela Merkel. Esto, según la opinión de quien escribe, no hace más que demostrar que en amplios sectores de las sociedades del mundo occidental se encuentra latente el miedo al otro –esta vez son los musulmanes o los inmigrantes africanos, como hace un siglo fueron los judíos- exacerbado por una situación donde los perdedores de la globalización son muchos y cada día más visibles.

La crisis de los partidos políticos, la pérdida de legitimidad de los dirigentes tradicionales y la desconfianza de sectores importantes de la población en el Estado como gran ordenador de la vida en sociedad que viene afectando a Occidente y a Europa desde hace varios años no le ha sido ajena a Alemania. Donde los más molestos han decidido expresar directamente su furia con el sistema a través de un partido de extrema derecha cuyos líderes dicen saber quiénes son los culpables de la desigualdad, del trabajo precarizado y de la “pérdida de la identidad nacional”, generalmente apuntando hacia los refugiados, hacia los líderes políticos “progresistas” y hacía la globalización como los grandes victimarios. Lo cierto es que donde AfD cosechó la mayoría de su apoyo popular fue en el este del país, curiosamente una de las zonas más cerradas a la influencia extranjera pero también donde existe la tasa de desempleo y de trabajo precarizada más alta, y donde a pesar de haber pasado ya más de 27 años de la caída del Muro no parece terminar de existir una integración real con el resto del país.

Como se expresó más arriba, más allá de lo que suceda con Alternative für Deutschland, o con experiencias similares como la Liga del Norte en Italia, el Frente Nacional en Francia, Amanecer Dorado en Grecia, o incluso fenómenos como Trump en los Estados Unidos y muchas voces pro-Brexit en Gran Bretaña, venimos asistiendo a campañas electorales enfocadas en invocar miedos o enemigos de la sociedad, donde ha quedado más marcada que nunca una dicotomía entre una especie de elite liberal urbana y cosmopolita de clase media o media alta y el conjunto de obreros fabriles desempleados, de trabajadores rurales sin mercado para sus productos, o para decirlo de alguna manera, los grandes perdedores del proceso de globalización. Y donde también parece existir una desconexión patente entre quienes detentan el poder y esos sectores de la sociedad que se sienten huérfanos de liderazgo mientras ven cómo su viejo estilo de vida –o incluso la ilusión de este- se desvanece.

Es por eso que interrogantes imprescindibles para nuestro futuro como: ¿A cuántos migrantes procedentes de las economías más pobres deben asimilar los países más ricos?, ¿Cómo resolver la problemática de los refugiados?, ¿De qué manera acortar la grieta de la desigualdad?, ¿Es posible contener a los extremismos radicalizados de distintos signos políticos?, entre otros desafíos y contradicciones que nos plantea la globalización, muy lejos de resolverse, deberán ser afrontados más temprano que tarde por las sociedades en conjunto con sus líderes, ya que si esto no sucede, los extremismos no harán más que seguir aflorando.

 

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Gonzalo Fiore Viani es abogado, maestrando en relaciones internacionales en el Centro de Estudios Avanzados de la UNC y consultor en comercio internacional. Actualmente se desempeña como coordinador de Grupos Asociativos de empresas y escribe para distintos medios académicos.